De la curiosidad a la publicación (resumen del Curso-Taller 7 y 8 de septiembre de 2026)

Morandín-Ahuerma, F. & Romero Fernández, A. (2026, 7 y 8 de septiembre). Curso-Taller de la Curiosidad a la Publicación [Curso sincrónico en línea]. Dirigido a Docentes de los Bachilleratos del Complejo Regional Nororiental, Licenciaturas y Preparatoria "Lic. Benito Juárez García". 

Introducción

El presente texto constituye un resumen de los principales contenidos, reflexiones, recomendaciones y aprendizajes desarrollados durante el curso-taller De la curiosidad a la publicación. No pretende reproducir de manera literal las sesiones ni ofrecer una versión estenográfica de las intervenciones. Su propósito es recuperar el itinerario intelectual y práctico que articuló el curso: el tránsito que va desde una primera inquietud de investigación hasta la elaboración y eventual envío de un artículo científico.

A lo largo del taller se abordaron preguntas que parecen elementales, pero que están en el centro de toda actividad investigativa: ¿cómo convertir un interés general en un problema susceptible de investigación?, ¿cómo formular una pregunta suficientemente delimitada?, ¿qué debe contener realmente un artículo científico?, ¿qué distingue a los resultados de la discusión?, ¿cómo construir una conclusión?, ¿cómo elegir una revista?, ¿qué ocurre una vez que el manuscrito ha sido enviado?

La premisa general fue sencilla: publicar no comienza cuando se abre un procesador de textos y se escribe el título de un artículo. Comienza mucho antes, con una curiosidad capaz de transformarse en pregunta. Y tampoco termina cuando se coloca el punto final al manuscrito. Después vienen la selección de la revista, la preparación de los archivos, el envío, la evaluación editorial, la revisión por pares, las correcciones y, eventualmente, la publicación.

Todo comienza con algo que queremos saber

Una investigación difícilmente puede sostenerse únicamente sobre la obligación de publicar. Antes del artículo existe una inquietud: algo que llama nuestra atención, una situación que observamos en el aula, una contradicción en nuestra disciplina, un comportamiento que no comprendemos del todo, un problema profesional o una pregunta que vuelve una y otra vez.

Pero tener un tema de interés no equivale todavía a contar con un problema de investigación.

Expresiones como inteligencia artificial, educación ambiental, enseñanza de lenguas, derechos humanos, adolescencia, turismo rural o educación artística describen campos demasiado amplios. Durante el curso se trabajó precisamente con intereses muy diversos de los participantes, lo que permitió observar que la primera tarea del investigador consiste en delimitar semántica y conceptualmente aquello que desea estudiar.

Una herramienta particularmente útil para realizar este tránsito son los tesauros especializados. Se revisaron, entre otros, el ERIC Thesaurus y el Tesauro de la UNESCO. Su utilidad no consiste únicamente en ofrecer palabras clave elegantes. Permiten reconocer términos aceptados dentro de determinadas comunidades académicas, identificar conceptos relacionados y abandonar formulaciones excesivamente coloquiales o locales.

El Tesauro de la UNESCO, por ejemplo, permite navegar entre conceptos, términos equivalentes, áreas disciplinares y traducciones a distintos idiomas. Este tipo de herramientas facilita que una investigación se inserte en una conversación académica más amplia mediante vocabulario normalizado.

Esta primera etapa puede resumirse mediante una transformación:

interés → conceptos → delimitación → problema → pregunta de investigación.

La pregunta de investigación es el corazón del proyecto

Uno de los énfasis recurrentes del curso fue la importancia de formular con claridad la pregunta de investigación.

Una introducción puede estar sólidamente documentada y contener numerosas referencias; sin embargo, si al terminar de leerla el lector no sabe exactamente qué quiere investigar el autor, existe un problema fundamental.

Pregunta y objetivo se encuentran estrechamente relacionados. La pregunta expresa aquello que queremos conocer; el objetivo señala qué pretendemos hacer para responderla. Sin embargo, se advirtió también sobre ciertos automatismos metodológicos: no basta con quitar los signos de interrogación a una pregunta y colocar delante un verbo en infinitivo para obtener automáticamente un buen objetivo.

Lo importante es que en el texto pueda reconocerse una búsqueda auténtica. La introducción debe conducir al lector hasta un punto en el que la pregunta aparezca como una consecuencia lógica de todo lo expuesto anteriormente.

Dicho de otra manera: al llegar a la pregunta de investigación, el lector debería pensar que, después de lo que acaba de leer, esa era precisamente la pregunta que había que formular.

Un artículo científico no es una tesis pequeña

Otro de los temas centrales fue la estructura del artículo científico.

Durante el curso se revisó el conocido modelo IMRyD: Introducción, Métodos, Resultados y Discusión, utilizado con numerosas variantes por revistas científicas de diferentes disciplinas.

Cada una de sus secciones puede entenderse como la respuesta a una pregunta:

Introducción: ¿qué problema estamos estudiando y por qué merece ser investigado?

Métodos: ¿cómo lo investigamos?

Resultados: ¿qué encontramos?

Discusión: ¿qué significan nuestros hallazgos?

Junto con estas secciones aparecen normalmente el título, el resumen, las palabras clave, las conclusiones y las referencias.

Sin embargo, una advertencia atravesó buena parte de las sesiones: un artículo no debe escribirse como si fuera una tesis comprimida.

En una tesis puede tener sentido desarrollar extensamente marcos contextuales, antecedentes, capítulos teóricos, definiciones y numerosas precisiones metodológicas. Un artículo trabaja bajo restricciones diferentes. Debe seleccionar información, jerarquizarla y construir una argumentación más compacta.

Incluso el marco teórico puede encontrarse integrado dentro de la introducción dependiendo de las normas de la revista. Lo importante no es multiplicar apartados, sino incorporar la literatura verdaderamente pertinente para comprender el problema investigado.

La metodología debe ser clara, no innecesariamente complicada

Existe cierta tendencia a pensar que un artículo resulta más científico cuanto más complejo parece su lenguaje metodológico.

El curso planteó una posición distinta: la metodología debe ser, sobre todo, clara, coherente y defendible.

Un revisor necesita comprender qué se hizo, con quién, mediante qué instrumentos, en qué condiciones y cómo fueron analizados los datos.

La metodología constituye además uno de los lugares donde con mayor facilidad pueden aparecer inconsistencias. Un estudio transversal, por ejemplo, no debería formular conclusiones causales que su diseño no puede sostener.

La precisión metodológica funciona también como una forma de modestia epistemológica: permite establecer con claridad hasta dónde llegan nuestros datos y hasta dónde dejan de llegar.

Los resultados no son únicamente tablas y gráficas

También se dedicó atención a la presentación de resultados.

Aunque las tablas y las gráficas constituyen recursos habituales, no son las únicas formas posibles de mostrar evidencia. Dependiendo del tipo de investigación pueden incorporarse diagramas de flujo, mapas conceptuales, redes semánticas, categorías cualitativas, fragmentos de entrevistas o representaciones generadas mediante programas de análisis cualitativo.

Durante las sesiones se mostraron, por ejemplo, investigaciones cualitativas en las que redes semánticas y diagramas permitían organizar visualmente los hallazgos.

La regla práctica podría formularse así:

un recurso visual debe incorporarse cuando ayuda a comprender algo que sería más difícil explicar únicamente mediante texto.

Lo mismo ocurre con las fotografías. Pueden utilizarse cuando poseen valor informativo, pero deben considerarse cuidadosamente cuestiones éticas relacionadas con la privacidad, el consentimiento informado y, particularmente, la aparición de menores de edad.

No todos los datos tienen que convertirse en un solo artículo

Una investigación puede generar más información de la necesaria para responder una sola pregunta.

Uno de los consejos surgidos durante el curso fue aprender a reconocer que no es obligatorio “meter todo” en una publicación.

Un instrumento puede producir diversas dimensiones de análisis. Las perspectivas de estudiantes, profesores o directivos pueden conducir, dependiendo de su profundidad, a trabajos distintos. Una misma investigación puede dar origen a varias preguntas relacionadas sin que esto signifique fragmentar artificialmente los resultados.

La metáfora utilizada durante el curso fue particularmente clara: si tenemos un pan completo, no hacemos un sándwich utilizando todo el pan de una sola vez; lo cortamos en rebanadas. De manera semejante, un estudio amplio puede contener diferentes unidades argumentativas susceptibles de convertirse en investigaciones independientes.

La condición, naturalmente, es que cada artículo posea una pregunta, un análisis y una contribución diferenciados.

La discusión: donde empieza realmente la voz del investigador

Si hubiera que señalar una sección especialmente importante dentro de todo el curso, probablemente sería la discusión.

En los resultados mostramos lo que encontramos. En la discusión comenzamos a preguntarnos qué significa.

Allí el investigador debe comparar sus hallazgos con investigaciones anteriores, señalar coincidencias y diferencias, proponer interpretaciones, explicar posibles mecanismos, reconocer implicaciones y explorar las consecuencias de los resultados.

Durante el taller se insistió en una distinción fundamental:

los resultados muestran; la discusión interpreta.

Confundir ambas secciones produce artículos descriptivos que acumulan información sin desarrollar una verdadera contribución intelectual.

La discusión también constituye uno de los espacios donde debe aparecer con mayor claridad la voz del autor. El investigador no necesita esconder cada afirmación detrás de una referencia. Después de haber estudiado un problema, recopilado datos y analizado resultados, tiene algo que decir.

Precisamente se advirtió que una de las formas de autocensura académica consiste en pensar que una idea únicamente adquiere valor si antes la ha pronunciado un autor reconocido. La literatura sirve para dialogar, contrastar y sostener argumentos, no para sustituir la voz de quien investiga.

Por ello, la discusión es el lugar donde pueden formularse preguntas como:

¿Qué encontré?

¿Coincide con lo que otros investigadores habían reportado?

¿En qué difiere?

¿Cómo puedo interpretar esta diferencia?

¿Qué significa este hallazgo?

¿Qué implicaciones tiene?

¿Cuáles son los límites de mi explicación?

¿Qué nuevas preguntas aparecen?

El propio curso sintetizó esta ruta mediante una secuencia semejante: qué encontré, en qué coincide con lo previo, en qué difiere, qué significa, para qué sirve, cuáles fueron las limitaciones y qué queda por explorar.

Anticipar las objeciones fortalece el artículo

Una investigación seria no intenta presentarse como perfecta.

Todos los estudios poseen límites: tamaño de muestra, forma de selección de participantes, instrumentos utilizados, contexto geográfico, diseño transversal, momento de recolección de datos, carácter autorreportado de la información o imposibilidad de controlar determinadas variables.

Reconocer estas limitaciones no debilita la investigación.

Por el contrario, demuestra que el autor conoce el alcance de sus resultados.

Durante el curso apareció repetidamente una recomendación muy práctica: si existe una objeción evidente contra nuestro propio estudio, conviene formularla nosotros antes de que lo haga el revisor.

Por ejemplo, si una investigación encuentra una asociación entre dos variables, pero su diseño no permite demostrar causalidad, debe decirlo explícitamente. Una formulación prudente como “los resultados sugieren una asociación” resulta metodológicamente muy distinta de afirmar que “los resultados demuestran que una variable produce otra”.

La autocrítica forma parte de la fortaleza argumentativa.

La escritura científica también necesita estilo

Otro conjunto de reflexiones se centró en la redacción.

Los textos académicos suelen acumular expresiones heredadas que parecen científicas simplemente porque aparecen repetidamente en otros documentos: es evidente que, como todos sabemos, hoy en día, en la actualidad, desde tiempos remotos, arrojar luz, poner sobre la mesa o aportar un granito de arena.

Durante el curso se recomendó evitar este tipo de expresiones cuando no cumplen una función argumentativa concreta.

Especial cuidado merecen fórmulas categóricas como:

indudablemente,

definitivamente,

queda comprobado,

es obvio,

es evidente.

La ciencia trabaja precisamente en un espacio donde las afirmaciones deben estar sustentadas y delimitadas. Si algo es evidente, cabe preguntarse para qué fue necesario investigarlo.

También se recomendó reducir el uso innecesario de citas indirectas. Cuando el documento original se encuentra disponible, resulta preferible acudir a la fuente primaria en lugar de citar lo que un autor dice que otro autor afirmó.

Las primeras versiones no tienen que ser buenas

Una de las ideas más liberadoras del curso tuvo que ver con la escritura misma.

El primer borrador no tiene que ser brillante.

Escribir implica revisar, eliminar, reorganizar, volver a escribir y dejar reposar el texto.

Durante una de las sesiones se utilizó la conocida idea asociada a Hemingway de que las primeras versiones suelen ser deficientes. La metáfora utilizada después fue la de pintar una pared: la primera capa apenas inicia el proceso; después hay que corregir, extender y perfeccionar.

Esta idea resulta especialmente importante porque buena parte del bloqueo de escritura proviene de intentar producir desde el primer párrafo una versión definitiva.

La escritura científica no funciona así.

Primero se escribe. Después se escribe mejor.

La conclusión no es el lugar para introducir sorpresas

Otra confusión frecuente consiste en reservar la idea principal del artículo para la conclusión.

Durante el taller se utilizó una comparación muy gráfica: un artículo científico no es una película de misterio en la que hasta el último capítulo descubrimos quién fue el responsable.

Si una afirmación importante no fue desarrollada previamente —particularmente en la discusión—, no puede aparecer repentinamente en las conclusiones.

Una buena conclusión debe recuperar el objetivo, responder a la pregunta de investigación, sintetizar los hallazgos centrales, señalar la contribución del trabajo, reconocer sus límites y, cuando corresponda, plantear implicaciones o futuras líneas de investigación.

En este sentido, la conclusión cierra un círculo.

La introducción plantea una pregunta.

El artículo intenta responderla.

La conclusión vuelve a esa pregunta y dice, con la mayor precisión posible, qué sabemos ahora que antes no sabíamos.

El resumen es pequeño, pero no secundario

El abstract o resumen también recibió atención particular.

Aunque ocupa pocas palabras, probablemente sea una de las secciones más leídas del artículo. Muchos lectores decidirán si continúan leyendo únicamente después de revisar título y resumen.

Por ello debe ser autosuficiente y presentar los elementos esenciales: objetivo, metodología, participantes o fuente de información cuando corresponda, principales resultados y conclusión fundamental.

Las normas específicas dependen siempre de la revista. Algunas exigen resumen estructurado; otras un solo párrafo. Algunas solicitan traducciones adicionales.

La regla vuelve a repetirse: antes de escribir para una revista hay que leer la revista.

Leer artículos es también aprender a escribir artículos

Una recomendación recurrente consistió en descargar y leer publicaciones de revistas de calidad.

No solamente para conocer qué dicen.

También para observar cómo están escritas.

Después de revisar suficientes artículos comenzamos a reconocer patrones: extensión habitual de las introducciones, forma de presentar los métodos, longitud de los párrafos, número de tablas, tono de la discusión, uso de citas, forma de expresar limitaciones y estructura de las conclusiones.

Parte del aprendizaje de la escritura académica ocurre precisamente mediante esa exposición reiterada a buenos textos.

Durante el taller se señaló que muchos aspectos formales de APA, estructura, títulos, tablas y referencias terminan comprendiéndose mejor después de revisar numerosos artículos reales y contrastarlos con las instrucciones editoriales.

Terminar el artículo no significa haber terminado

Una vez concluido el manuscrito comienza otro proceso: el envío.

Durante el curso se insistió en que publicar no consiste simplemente en cargar un archivo en una plataforma.

En términos generales aparecen varias etapas:

preparación del manuscrito → envío → revisión editorial → revisión por pares → decisión → correcciones → aceptación → publicación.

Cada una de ellas puede presentar dificultades y muchas no están directamente relacionadas con la calidad científica del estudio.

Uno de los errores más frecuentes consiste en elegir una revista únicamente porque parece prestigiosa sin verificar si el artículo realmente coincide con su alcance temático.

Antes de enviar conviene leer varios trabajos publicados recientemente allí. Esto permite comprender qué tipo de problemas publica la revista, qué metodologías acepta, qué extensión utiliza y qué tono editorial espera.

ORCID, autoría y carta al editor también forman parte de publicar

La preparación del manuscrito incluye además elementos que muchas veces los investigadores noveles descubren demasiado tarde.

Entre ellos se encuentran el ORCID, la adscripción institucional, la identificación del autor de correspondencia, el orden de autoría, las declaraciones de conflictos de interés y las fuentes de financiamiento.

El orden de autores debería discutirse desde las primeras etapas del proyecto, no cuando el artículo ya está listo para enviarse.

También se abordó la función de la carta al editor. Una buena carta presenta brevemente el manuscrito, identifica su principal hallazgo y explica por qué el trabajo puede resultar relevante para los lectores de esa revista. No debería limitarse a copiar el resumen del artículo.

El rechazo forma parte del proceso

Todo investigador termina encontrándose, antes o después, con un correo que comienza diciendo algo parecido a:

“Después de considerar cuidadosamente su manuscrito…”

y sabemos aproximadamente cómo continúa.

El rechazo forma parte de la publicación científica.

Un artículo puede ser rechazado porque su tema no coincide con el alcance de la revista, porque existen problemas metodológicos, porque necesita revisiones importantes o simplemente porque compite por un espacio editorial limitado.

La recomendación trabajada durante el curso fue no convertir automáticamente una decisión editorial negativa en un juicio sobre el valor personal del investigador.

Hay que revisar las observaciones.

Corregir lo que corresponda.

Evaluar nuevamente el manuscrito.

Y enviarlo a otra revista cuando sea pertinente.

También es importante aprender a distinguir una revisión rigurosa de comentarios excesivamente generales. Una buena evaluación señala problemas concretos y permite identificar qué debe corregirse.

Ni esperar eternamente ni publicar en 72 horas

La elección de la revista requiere además cierto sentido crítico.

Un proceso editorial excesivamente lento puede hacer que la información pierda actualidad. Por ello conviene revisar, cuando la revista proporciona esos datos, las fechas de recepción, aceptación y publicación de artículos anteriores.

Pero el extremo contrario puede ser todavía más problemático.

Promesas de publicación garantizada en pocos días, procesos aparentemente inexistentes de revisión o mensajes comerciales insistentes pueden constituir señales de alerta.

Durante el curso se recomendó revisar el comité editorial, verificar que sus integrantes existan realmente, observar los tiempos editoriales y valorar cuidadosamente las promesas de fast publication.

La publicación científica legítima requiere evaluación.

Publicar es participar en una conversación

Quizá uno de los aprendizajes más importantes del curso sea que un artículo científico no constituye un monumento terminado.

Es una intervención dentro de una conversación.

Otros investigadores habían formulado preguntas antes que nosotros. Nosotros utilizamos parte de ese conocimiento para plantear una nueva pregunta, obtenemos determinados resultados, proponemos una interpretación y dejamos abiertas otras cuestiones que alguien más podrá investigar.

Desde esta perspectiva, las referencias dejan de ser adornos académicos.

Son las voces con las que dialogamos.

La discusión deja de ser un requisito estructural.

Se convierte en el lugar donde explicamos qué aportamos a esa conversación.

Y publicar deja de significar simplemente “tener un artículo”.

Significa permitir que una idea pueda ser leída, examinada, criticada, utilizada, replicada o contradicha.

De la curiosidad a la publicación

Al reconstruir los contenidos del curso puede observarse una ruta bastante clara:

Curiosidad.

Algo llama nuestra atención.

Delimitación.

Convertimos el interés en conceptos suficientemente precisos.

Pregunta.

Definimos qué queremos conocer.

Investigación.

Elegimos la estrategia que puede permitirnos responder.

Resultados.

Mostramos qué encontramos.

Discusión.

Intentamos comprender qué significa.

Conclusión.

Respondemos a la pregunta con la prudencia que permiten nuestros datos.

Escritura.

Revisamos hasta convertir un borrador en un manuscrito defendible.

Selección editorial.

Buscamos una revista donde el trabajo tenga sentido.

Envío y revisión.

Aceptamos que el texto será cuestionado y probablemente tendrá que cambiar.

Publicación.

El trabajo entra finalmente en circulación.

Visto así, escribir un artículo científico no consiste en aprender una sucesión de fórmulas. Consiste en desarrollar una forma de pensar.

Tal vez por ello una de las ideas que mejor resume el espíritu de este curso sea también una de las más sencillas:

una publicación no comienza con un artículo; comienza con una buena pregunta.

Y una buena pregunta, casi siempre, comienza con curiosidad.

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